lunes, 9 de julio de 2018

ALMA

ALMA

Alma conoció las sombras temprano.  "Es piruja del diablo" , decían santiguandose y en voz baja las vecinas a su  madre, mientras veían a la niña charlar con el viento.  En secreto y por las noches, Doña Trinidad, vaciaba  sobre el vientre y espalda de Alma, parafinas calientes de cirios pascuales tocados por el mismo arzobispo de la Basílica.  En frenesí fanático, ataba de pies, cintura y manos a la niña cada noche, le cubría la boca con hojas de palma mojadas con agua bendita y sujetadas fuertemente con un reboso púrpura. – "EL MALIGNO ES UN EMBUSTERO ALMITA" – decía mientras le amordazaba.  Rezaba sin descanso.  Leyó incontables veces todos y cada uno de los versículos bíblicos mientras veía con horror las ámpulas que surgían debajo de la parafina ardiente, poniendo especial énfasis en cauterizar las lesiones antiguas cuando supuraban.   Sólo una embolia le detuvo, antes del cumpleaños 14 de Alma.

Alma llegó a mi familia en un otoño, a sus 16, con el vientre hinchado y los ojos grises, de la mano del tío César, al terreno abandonado de mi abuelo, en las afueras de la ciudad.  –"Le hablaba a su vientre"– , relataba , mi madre, mientras, como cuento de cuna me narraba la triste historia de la tía Alma.  La familia, entonces, le miraba con ternura.  Cocinaba y tejía mientras esperaba en la casucha que la pobreza del tío César pudo a medias levantar.

Fué un primero de enero, cuando en el apartado lugar amaneció colgada y con el vientre abierto en la parte trasera de la casa. Llegaron policía y prensa, aterrados por la escena descomunal.  – Ella decía que el bebé le gritaba, "MAS MERECES PUERCA" – , contaban los vecinos, escandalizados que vivían alrededor.  Parecía que descansaban, me contó mi madre.  El tío César se enteró hasta el medio día, cuando volvía de su turno en la noche.  No pudo manejarlo, en ése momento arrebató el revólver a un policía y se  dió un tiro en la sien.  Las escenas de gritos desgarradores, repletos de insultos y maldiciones eran el pan de cada día desde que ella y el tío César llegaron ahí.  

El lugar permaneció vacío, hasta que mis padres decidieron rescatarlo.  Destruyeron la casucha y construyeron su hogar.  Yo crecí entre susurros, sombras fugaces y objetos que cambiaban de sito. Jamás me dieron crédito.  Nunca nadie decía nada acerca del tío César y su mujer embarazada.  Sólo en contadas ocasiones se les escapaba y señalaban la parte inferior de mi alcoba.

Hoy vivo lejos de aquel lugar.  Y recuerdo con nostalgia mi alcoba y la casa donde las cosas fueron tan trágicas y extrañas.  Ya nadie en la familia nombra la historia, la mayoría ha muerto.  Pero sé que Alma vino conmigo, no pregunten el porqué, sólo lo sé.  A veces eriza la piel de quien venga a visitarme.  Sólo hace travesuras inocentes y de madrugada, husmeando y asomada por instantes fuera de las ventanas de mi apartamento, en el piso 10. 


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