lunes, 9 de julio de 2018

PESADILLA V

PESADILLA V (microrrelato)

Negro.  Jamás en la vida había visto algo tan horrendo. El vómito era negro y se mezclaba con la sangre que caia de mi frente al resbalar en él y golpearme de lleno en el filo de la puerta.  No pude llegar al inodoro.  Y sólo salió de mi.  Mis entrañas salían a trozos, podía sentirlas con la lengua, en un desesperado intento por dentener su escape.  Trozos podridos que se untaban como paté al suelo con mis manos pálidas.

Voy hacia el fondo y pocos lo  saben. Tu risotada en esa última llamada fue mi quiebre.  Me arrancó el llanto que tanto contuve, y en ese sollozo que alcanzaste a escuchar quería gritarte que muero de miedo.  Disculpa, tuve que colgar, el móvil está prohibido aquí.  Ahora, apenas escribo, estoy débil.  Nadie puede verme.  Tengo un tubo en la boca y la mirada de los médicos no me alienta. 

Si estuvieran mis hijos para abrazarles.

¿Has olido la muerte?. 

Huelo la mía.

Se cierran mis párpados, un intenso frío me embarga, por extraño que parezca es confortable. Un luminario destella luz incandescente.  De un momento a otro me encuentro en la plancha de autopsias.

¿Cuántos miserables restos esperan turno, en las metálicas gavetas que adornan tétricamente este nosocomio?.  El forense trata de abrirme el toráx con una sierra quirúrgica.  No parece ardua tarea, aún así puedo escuchar mis huesos devastarse, mis órganos expuestos suenan burbujeantes, hasta que el bisturí llega a la parte baja del estómago.  El frío metal de la plancha de autopsias se tiñe con el plasma que escurre, formando un dantesco caldo de coagulos.  El forense se limpia el sudor con la mano, llenando su frente con mi sangre descompuesta....

Dime ¿Has olido la muerte?
Yo huelo la mía...

Poco queda reconocible de mi cuerpo, que se disuelve en la plancha, licuandose y sorprendiendo al forense que sigue sudando sin parar.  Como puede, llena una bolsa plástica con mis entrañas, las lleva a la báscula y anota el resultado.  La náusea lo invade y una punzada en el vientre le obliga a caer de rodillas.

Negro. Ve con asombro el vómito negro.   Mi cabeza, que cuelga de la plancha, se desprende del cuello y cae invertida frente a él, es tan blanda que no rueda.  La gravedad dibuja una sonrisa macabra en mi rostro viscoso y veteado.

Se incorpora entonces, deja el trabajo para el día siguiente y sale rumbo a su casa.  Tose sin parar y llena sus palmas con esputos que a veces limpia en sus ropas.  Entra al subterráneo.

"Un intenso dolor de cabeza, náuseas espasmos, los intestinos dados la vuelta". Pensamiento básico de cadáveres anónimos pudriéndose en vida. El estómago protesta, después vómito...  Vómito  asquerosamente negro.

¿Has olido la muerte?

...puedo oler la tuya aproximarse, como pesadilla...



Texto de +Carlos M , Alejandro Garcia


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