lunes, 12 de junio de 2017

LA BÁSCULA

LA BASCULA

Dave Gahan - A little lie

Tan alto era el volumen de la musica en el almacén, que podia escucharse con claridad dentro de la bodega aún con la puerta a medio cerrar.

135, 120, 137, 140

Con los ojos anegados, sin casi parpadeo, Ángel la contemplaba, desde la frente y a veces hasta las caderas o muslos, que subian y bajaban con la cadencia suficiente para mantenerlo con desmesurada erección.

139.7, 140.2, 140.4, 140.1

–Te lo dije, núnca me acerques una navaja.– decia Esther con sensual e hipnótica voz, sin interrumpir esa caliente y pervertida cópula.

La pinta de ella, de mocedad e inocencia no encajaba con su corrupción y primaveras. Su exquisita piel lozana, siempre humectada y tono muscular, agredian adrede libidos sin consideración a nadie, valiendose de su encantadora estampa, adornaba su cabeza con laureles de piel y carne.  Parecia que la mano de su alma negra saldría de una del par de enloquecidas y dilatadas pupilas color miel, que incidian como punzones el rostro de Ángel, para tomarlo por la mandíbula, deformar con los dedos su boca y obligarlo a mirarla.



Huele a sexo y a metal mojado.  De la boca de ella, cae entonces un hilo de sangre y saliva al espléndido, sudoroso y semidesnudo busto, –MIRAME LAS TETAS– le ordenó pintando con los dedos su piel, mientas se relamia labios y dientes con sonrisa cruel y perfecta, mal maquillada de carmin.

En señal de liturgia, ella alzó la navaja al cielo eterno y una vez más abrió la boca e hirió sus mejillas por dentro.  Su destreza daba fé de no hacerlo por vez primera. Con sangre y baba en los dedos y manos, sacó un pequeño trozo de carne de su boca.

Sin decir palabra, ella le ofreció el corte.  Él comió, sin frenesí, alterando por siempre su gusto y entendiendo la íntima y morbosa ceremonia, violando sus  fundamentos, violado por su hermosa, catando a su amante.

–De mí, escribiras con sangre mil historias.– Le dijo ella con el rostro encendido.


Los brazos abiertos de Ángel hormigueaban, dolian los trapecios y el cuello, entonces entendió porqué le habia atado las muñecas y codos al tubo que se asomaba detras de la plancha de metal.

–Esta noche, follaremos, comeremos, beberemos– le dijo Esther, un par de horas antes, cuando él la cortejaba mordisqueando su cuello en la gerencia, clavando un cutter junto a su rostro en el tablaroca.

–Bésame–

La música sin parar y los golpes con los talones desnudos a la estructura de metal ahogaban el gemido de dolor de Ángel al cerrar el circulo.  El palpitante liquido rojo mezclado con saliva y sudor pintaba al azar los rostros de ambos y escurria por las comisuras de sus bocas.

–...¡¡DUELE!!– pensaba Ángel.  Mientras su media espalda, húmeda y desnuda ya no percibia lo frio del acero inoxidable de la báscula industrial.


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